EL CEPO
Todo empezó cuando me mudé a la ciudad. Todos lo hicimos. Las cosas empezaban a ir mejor, y me fui con lo puesto a la capital. Durante algún tiempo mi mayor ocupación fue ir de un lugar a otro con un par de mudas y algunos libros que iba comprando según iba consiguiendo trabajos esporádicos; cuidar niños de otros, limpiar casas ajenas, lo que teníamos que hacer todas.
El día que reuní suficiente dinero para comprar una casa, mis amigas y yo, vestidas con nuestras mejores galas, fuimos a la sucursal del banco más cercano. Acostumbradas a las construcciones bajas, los edificios de la ciudad nos provocaban vértigo, así como el denso humo de los puros de todos aquellos señores que salían y entraban con tanta facilidad, nos provocaba una inesperada apnea que nos hacía toser. La casa era bonita. Me la había vendido José Luis; le había entregado el dinero a él, y siempre que ocurría algo, me llamaba, me aconsejaba. Un buen chico, José Luis. Solía pensar que mi sueldo no lo dejaba en la cuenta bancaria, sino que se lo dejaba a José Luis. Él me lo guardaba.
El espejo del vestíbulo de mi casa fue contemplando como mi piel caía, cansada, mientras yo observaba cómo la madera de sus marcos envejecía y crujía con el calor.
No solía recibir muchas llamadas del banco, pero aquel día la chica de la recepción me avisó para que fuera esa misma tarde porque tenían algo que ofrecerme. Hacía mucho tiempo que no iba a la sucursal del banco, y las ganas por saber cómo le iba a José Luis eran más grandes que la curiosidad por aquella ocasión inigualable.
Ya me había acostumbrado al olor del banco, a sus grises colores y a sus plantas de plástico; pero esta vez, al contrario que yo, parecía más joven. Más joven también era el hombre que me encontré detrás de la puerta del despacho que, según el letrero de la entrada, seguía siendo de José Luis.
-Pase, Josefa, pase. Acomódese- tenía una sonrisa demasiado forzada.
-¿Dónde está José Luis? Él es el que me lleva todos los asuntos bancarios.
-Sí. Lo sé. Pero José Luis se ha prejubilado, estaba cansado, como todos los de la plantilla que se han ido este año. Pero bueno, la hemos llamado por otro asunto: hemos visto que tiene usted una gran cantidad de dinero ahorrada.- decía mientras lo comprobaba en el ordenador- Y bueno, la hemos llamado porque ahora tenemos un producto que la vendría muy bien para invertir todos esos ahorros.
-¿Todos?- me escandalicé; llevaba mucho tiempo ahorrando.
-Bueno, los que quiera. De todas maneras es un producto muy seguro, Señora Josefa. Mire, en el mercado internacional el interés que tiene es más o menos un tres por ciento. Pero fíjese, nosotros nos podemos permitir vendérselo a un siete por ciento, y entonces usted gana más, ¿comprende?- Parecía una buena oferta y, al fin y al cabo aún no había pensado a qué destinaría todo ese dinero.
-Bueno, ¿entonces me irá bien con eso?-
-Claro Josefa, verá incrementar sus ahorros de manera continua.- dijo mientras sacaba un dossier de un cajón del escritorio. Lo abrió y seleccionó uno de los muchos papeles que contenía, cogió un bolígrafo y me lo tendió, señalándome dónde tenía que firmar.
-Muy bien, pues ahora lo único que tiene que hacer es autorizarlo y ya verá cómo le va mucho mejor con esos ahorrillos, Josefa.- Cada vez que sonreía me entraba la misma apnea que cuando llegué a la ciudad y el humo de los puros de los señores me hacía toser.
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Cogí el bolígrafo y me paré.
-Esto lo tendría que leer.
-No hace falta, es básicamente lo que le acabo de contar yo.- me dijo mientras yo firmaba en la esquina del documento. Cuando terminé sonrió. –Pues nada más, Josefa, ya verá usted qué bien.
-Dele recuerdos a José Luis, si le ve.
-Sí, no se preocupe usted.- Y abandoné la sucursal.
Estuve un tiempo sin recibir llamadas del banco, y como con la pensión y algunos ahorros que no había invertido me bastaba para vivir bien, no me preocupé demasiado. Al bajar a comprar, semanas después, Juani, la vecina de abajo, me interceptó en la escalera; siempre he pensado que es una cotilla, pero como está muy sola, no me cuesta ser amable.
-Josefa, cómo estás, hermosa. ¿Bajas a la compra? Pues espera que cojo yo la basura y así de paso la bajo.- Entró a su casa dejando la puerta entornada mientras yo la esperaba fuera. Cuándo salió un reguero de líquido con olor a pescado había manchado su felpudo.
-¡Vaya por dios!- dije.
-Bueno, ¿y cómo te va? ¿Sabes algo de Andrea? El otro día vi a su niño en el parque, ¡más mayor!-
-No, pues no sé nada, la verdad.-
De repente pareció acordarse de algo y mientras dejaba la basura en el cubo del portal me dijo:
-¿Has visto lo de los bancos? Qué vergüenza, madre mía.- Empecé a prestarle un poco más de atención.
-No, ¿qué ha pasado?-
-¿No has visto? Eso de un no sé qué financiero y unas inversiones. Me acordé de ti. ¿Porque tú habías invertido en algo, no?- Me quedé helada y la sonrisa postiza del hombre de la sucursal asaltó mi mente.
-¿Y qué es lo que ha pasado, exactamente?- dije, temerosa.
-Ay, pues yo no lo sé, tú pregunta por si acaso. Subo que tengo la olla en el fuego.
Dejé el carrito de la compra en el portal y me dirigí a la sucursal del banco.
Allí había una larga cola de señores mayores que vociferaban que querían ver al director de la sucursal, mientras sacudían las hojas de un periódico con la intención de enseñárselo a la secretaria que, desbordada, pedía paciencia.
El director no se encontraba en el edificio, y no volvería hasta el día siguiente, así que me fui a casa queriendo comprobar que todo aquello no me había pasado a mí. Los informativos, sin embargo, me dijeron lo contrario. Una estafa generalizada a gente de tercera edad, con un producto financiero perpetuo y de alto riesgo. Revisé el certificado de la inversión que yo había realizado meses atrás: un activo financiero perpetuo y de alto riesgo. Caí rendida en el sofá, con todas las facturas del banco, las cuentas, y los contratos por el suelo. Comprobé que hacía unos días me había llegado una carta del banco, que aún no había abierto. Efectivamente, todos mis ahorros se habían evaporado.
Estuve investigando, denuncié al banco con el que había invertido, pero no obtuve respuestas. Mandé una carta al Ministerio de Economía y me aseguraron que investigarían mi caso ya que, para algunos, el gobierno proponía un arbitraje entre el banco y el afectado. La esperanza de recuperar todo el dinero que había ido acumulando a lo largo de mi vida se apoderó de mí, hasta que otra carta del ministerio, demoledora, me anunciaba que no sería posible, pues yo había invertido más de 20.000€. ¿Cómo podía ser? ¿Cómo podían no ayudar a los que más habíamos perdido? El gobierno me daba la espalda, y comencé a asociarme con todos los afectados de la estafa. Empezamos a organizar manifestaciones en frente de las sucursales bancarias, nos quisieron reprimir y callar para no dañar la imagen de los bancos.
Tras varias semanas me volví a encontrar con Juani:
-Josefa, hermosa, ¿cómo te va?.-
-Pues me han estafado, Juani.- dije subiendo las escaleras hasta mi rellano. Había adelgazado mucho y ya casi no tenía fuerzas.
-¿Lo de los bancos? Madre mía Josefa. ¿Qué vas a hacer?-
-Pues no sé, Juani, no sé qué voy a hacer. Creo que lo he intentado por todos los medios.
-Mi sobrino es abogado y me ha contado que él y sus compañeros están teniendo clientes que han sido estafados, como tú; y están ganando juicios, Josefa. Toma, aquí tienes el teléfono.- Me dio una tarjeta: Abogados Rodríguez (tratamos casos de afectados por las preferentes).
Una nueva oleada de esperanza sacudió mi viejo y delgado cuerpo.
-Muchas gracias, Juani. En cuanto llegue a casa, llamo.
Alejandra Marquerie Martín 1ºBACHILLERARO
IES SANTA TERESA DE JESÚS
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